La libertad de expresión y difusión del pensamiento, una prerrogativa fundamental que ha sido conquistada con muchos sacrificios y sin la cual no hay democracia plena, tiene que ser preservada y defendida mediante un ejercicio serio y responsable.
Hoy día las amenazas a la respetabilidad de este activo democrático no solo provienen de dictaduras y de gobiernos autoritarios, sino de aquellos que no distinguen entre el juicio crítico bien fundamentado y una verborrea tan inmunda como abyecta.
Hay quienes por ignorancia, desconocimiento deliberado o simplemente por malignidad expresa, se dedican a la calumnia y la difamación, como la que en días recientes ha estado dirigida, perversa e irresponsablemente, contra la familia presidencial.
El presidente Leonel Fernández, quien se ha distinguido siempre por su trato respetuoso hacia los demás y que ha sido tolerante incluso hasta con las críticas más destempladas, no puede ser objeto público de agravios a su honra personal y a la de su familia.
Tan inadmisible como la censura previa o cualquier medida que coarte la libre expresión es un ejercicio abusivo destinado a la injuria y a un ataque sistemático con bajezas e infamias.
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