La muerte del maestro Carlos Piantini constituye una sensible pérdida para la sociedad dominicana y especialmente para la clase artística y la cultura, a la que hizo grandes aportes a lo largo de su dilatada carrera.
Desde temprana edad demostró sus grandes dotes y sensibilidad especial para la música, ya que cuando contaba apenas 10 años hizo su debut como violinista.
Durante toda su vida la música sería su gran pasión y la carrera que lo llevó a muchos escenarios para descollar como un brillante y laureado director de orquesta.
Como se describiera en 1987, al celebrar sus bodas de oro en la música, Piantini se distinguió por ser un trabajador incansable e inalcanzable, títulos que ayer la clase artística nacional no dejaría de citar al lamentar su muerte.
Piantini no solo se destacó a nivel local, ya que fue profesor de estudios orquestales en la Universidad Internacional de la Florida, además de dirigir las orquestas Sinfónicas de Nueva York, Viena, Washington, Jerusalén y la Orquesta Internacional de Italia y de ser director titular de la sinfónica de Caracas.
Nacido en el barrio de San Carlos en el 1927, Piantini deja un gran legado cultural y un gran ejemplo a seguir para las nuevas generaciones de músicos dominicanos.
Como dijera la directora del Teatro Nacional, Catana Pérez de Cuello, pocos músicos del país han llenado una etapa tan amplia y con tanta competencia y excelencia como la de este ilustre dominicano.
La designación mediante decreto de su nombre para la sala principal del Teatro Nacional Eduardo Brito fue un merecido reconocimiento que obtuvo en vida, al igual que El Soberano que recibió en el 2005 durante los premios Casandra.
El país ha perdido a un ciudadano ejemplar y una gloria nacional que será recordado por siempre. Sentidas condolencias a sus familiares y paz a sus restos.
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