Las condiciones en que se encuentra la Facultad de Agronomía y Veterinaria de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) constituyen un retrato fiel de la preocupante tendencia que se observa en el país desde hace varias décadas: restar importancia a lo esencial y distraer esfuerzos, recursos y hasta hipotecar el futuro detrás de veleidades.
¿Cómo puede ser posible que estudiantes y profesores pasen una semana de docencia en espacios físicos llenos de basura, sin agua en los baños?
Igualmente, ¿a quién se le ocurre que se pueden formar profesionales de verdad donde los laboratorios no disponen ni siquiera de la planta física acondicionada, muebles y los equipos indispensables?
Sus laboratorios de control de calidad de los alimentos, que anteriormente brindaron grandes servicios al país, hoy están sumidos en el más absoluto abandono.
El país no puede darse el lujo de que los 2,100 estudiantes de agronomía, veterinaria y zootecnia que están inscriptos en el actual semestre en la UASD tengan que abandonar esas carreras, porque sus autoridades académicas y el mismo Estado no valoran en su justa dimensión la importancia de formar profesionales con la debida dignidad.
La situación de ese recinto académico no se resuelve con promesas, sino con acciones concretas e inmediatas tendentes a mejorar las condiciones y a reponer los equipos que se necesitan para que esa juventud siga estudiando carreras tan prioritarias, a fin de asegurar una mayor producción de alimentos.
Hace solo cinco días la Conferencia del Episcopado Dominicano emitió un mensaje en el que llama a apoyar y tecnificar la agropecuaria para mejorar la calidad de vida en el campo.
Es una verdadera vergüenza que sea necesario implorar para que los jóvenes que estudian agronomía o veterinaria puedan continuar sus estudios. En lugar de eso, lo ideal y deseable es que se estimule para que más y más jóvenes se inclinen por estas carreras.
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