El desastre generado por el devastador terremoto que asoló Haití se ha mantenido en las calles de esa empobrecida nación y es increíble que uno de los mayores esfuerzos esté concentrado en controlar y mantener niveles mínimos de seguridad entre las multitudes que reciben asistencia humanitaria.
Hay que reconocer el enorme esfuerzo desplegado por la comunidad internacional, que desde un primer momento se volcó en solidaridad y en el envío de personal, equipos, alimentos y medicinas a los necesitados vecinos del Oeste.
Las imágenes de un pueblo sumido en el desastre general han recorrido el planeta, y desde distintas direcciones ha afluido la ayuda humanitaria.
Países e instituciones han respondido a la apremiante necesidad de los haitianos en estos momentos de dolor y angustia.
Las Naciones Unidas, que sufrieron en carne propia el dolor de la tragedia dejada por el sismo, con la pérdida de varios de los hombres que la representan en Haití, a través de la Minustah, no han podido hasta ahora tener un efectivo control de la situación de inseguridad que se vive, por ejemplo, en un Puerto Príncipe que trata de resurgir de los escombros y de una montaña de cadáveres.
Hay que reconocer, empero, que se trata de una tarea titánica y solo sobre el terreno se puede tener una idea cabal de la dimensión del problema.
El caos no es mayor por los 12,000 soldados concentrados por Estados Unidos, ya que refuerzan las labores de seguridad, mientras tienen como prioridad socorrer a las víctimas e impulsar los trabajos de reconstrucción.
En medio de algunas críticas, Gregory Adams, portavoz del Departamento de Estado de los Estados Unidos para América Latina, ha tenido que asegurar que a su país no le anima el interés de una ocupación militar en Haití.
Es lamentable que en este momento haya este tipo de cuestionamientos, en lugar de apreciar el papel que las tropas están jugando para aliviar las penas del sufrido pueblo haitiano.
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