Es lamentable que una sociedad vaya perdiendo el apego fiel a valores y tradiciones, porque los ignora o simplemente los asume como prácticas rutinarias sin reparar en su esencia o significado.
Esta tendencia se ha puesto de manifiesto con la celebración anticipada del Día de los Santos Reyes Magos, ya que de hecho tuvo lugar el pasado lunes para una inmensa mayoría de la población, a pesar de que es hoy cuando corresponde por ser el Día de la Epifanía del Señor.
Imbuidos por el cambio del feriado, que se hace por conveniencias económicas y laborales, conforme a lo estipulado por ley, muchos padres abarrotaron con frenesí las tiendas hasta la madrugada del pasado domingo, como si en realidad estuvieran en la víspera de la celebración.
Nadie discute los objetivos generales de esta ley, que por cierto son muy atendibles en el caso de otras fechas, pero resultan contraproducentes cuando se trata de festividades históricas que tuvieron su origen, y deberían seguir teniéndolo, en un elemento eminentemente religioso.
Por una inclinación gregaria, que se extiende penosamente en otros ámbitos, la gente se ha ido acomodando y, bajo el pretexto de que así los niños pueden disfrutar más de sus juguetes antes del retorno a clases, apenas se repara en la aniquilación de una hermosa tradición.
Para que conserve su encanto no puede estar guiada por una visión hedonista, utilitaria o vacacionista, aunque no faltarán los irreverentes e insensibles que desaprueben esta observación y defiendan el trastrueque, alegando que lo que importa o prevalece es el sentido comercial de la festividad.
Hay tantas amenazas que atentan contra el desarrollo sano de los niños, que por lo menos algo deberíamos hacer para evitar que el Día de Reyes pierda para ellos su real fantasía.
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