El gobierno mexicano y sus fuerzas élites de seguridad, que libran la más amplia y efectiva lucha contra los cárteles de las drogas de las últimas décadas, merecen apoyo y reconocimiento, en momento en que son objeto de un terrorífico plan de intimidación a sangre y fuego por parte de poderosos grupos de narcotraficantes.
Se trata de una batalla en extremo riesgosa, pero tiene que ser asumida con coraje y sin desmayo porque está en juego la salud y el futuro no solo de los mexicanos, sino de otros pueblos de América Latina y el Caribe donde el tráfico y consumo de drogas se mantiene en un constante incremento, con una trastornadora secuela de violencia delictiva.
Es más cómodo y seguro permanecer de brazos cruzados y simplemente contemplar la incidencia de este flagelo como algo indetenible, o claudicar mediante criminales complicidades, pero en ambas situaciones asistiríamos a un incalificable acto de irresponsabilidad.
En respuesta a los golpes asestados a los narcos de México, hombres armados asesinaron a la madre, dos hermanos y una tía del infante de marina que falleció la semana pasada tras la operación en la que fue abatido el barón de las drogas Arturo Beltrán Leyva.
El ataque con armas de grueso calibre contra los familiares del tercer maestre de las fuerzas especiales Melquisedet Angulo Córdova ocurrió en la municipalidad de Paraíso, en el estado sureño de Tabasco, donde el terror desatado por los narcos mantiene también en un permanente estado de sobresalto a periodistas y medios de comunicación, que son atemorizados para que no publiquen noticias contra los cárteles.
Aquellos que no ceden a las intimidaciones son decapitados y sus cabezas colocadas frente a diarios, revistas y emisoras, provocando escenas dantescas que evidencian la crueldad y los horrendos métodos de estos criminales.
En el país tenemos necesariamente que vernos en este espejo para evitar que los narcos sigan ampliando su poder, en detrimento de la seguridad y el sosiego de la población.
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