La situación que ha vivido Honduras luego del golpe de Estado que depuso a Manuel Zelaya tiene una triste lección para la democracia latinoamericana: la política se nutre de realidades, aunque sean dolorosas, por encima de principios y de postulados.
Finalmente se impuso el precedente de un presidente constitucional que no pudo ser restaurado en el poder, a pesar de fuertes presiones y reclamos de la Organización de Estados Americanos (OEA) y de un grupo de gobernantes latinoamericanos.
La realidad incontrovertible es que Honduras tiene un presidente electo, Porfirio Lobo, surgido de unas elecciones en la que estuvieron ausentes los principales delegados y organismos internacionales que asisten regularmente a comicios libres en el hemisferio.
Aunque todavía hay voces en el continente que elevan su protesta por lo que consideran unas elecciones ilegítimas, ya no existe la postura firme del pasado y de hecho se está reconociendo a Lobo, a quien solo se pide que fuerce a Roberto Micheletti a renunciar antes de su toma de posesión, fijada para el 27 de enero de 2010.
Mientras tanto, a Zelaya no le queda otro remedio que abandonar su patria junto a su familia con destino a México, donde será acogido generosamente, luego de que el gobierno de facto le extendiera un salvoconducto para poder abandonar la embajada de Brasil en Tegucigalpa.
Atrás queda una penosa historia de un derrocamiento que fue inducido por el Congreso y otras instancias, que de inmediato instalaron en el poder a Micheletti, atribuyéndose la facultad de elección que corresponde únicamente al pueblo hondureño mediante el voto popular.
Este episodio remedó la década de los años 70, cuando América Latina estuvo sometida a un período de gran turbulencia y desestabilización política por una sucesión de golpes de estado militares que parecía interminable.
Esa etapa se creía superada, pero lo acontecido en Honduras representa un serio retroceso para las instituciones democráticas. Aun así, es de esperar que su sufrido pueblo recobre el sosiego perdido en estos meses de sobresaltos y atropellos.
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