El tema de los incentivos fiscales que se conceden en el país para impulsar el desarrollo de ciertas actividades productivas se ha convertido en un motivo de encendida controversia.
Desde que el secretario de Hacienda, Vicente Bengoa, respondió un planteamiento del Consejo Nacional de la Empresa Privada (CONEP) en que se pedía un cambio de modelo económico, el asunto ha mantenido primacía en el debate económico.
Los incentivos no son tan malos como para satanizarlos ni tan buenos como para santificarlos. Tienen virtudes y defectos. Todo está en la forma en que son utilizados.
El turismo, una de las actividades económicas más pujantes e importantes del país, se desarrolló y creció en base a un esquema de incentivos fiscales.
El desarrollo alcanzado por nuestro parque industrial es en gran parte fruto de la desaparecida Ley 299, de Incentivo y Protección Industrial. Sólo para citar dos áreas donde se ve un crecimiento notable.
Es cierto, sin embargo, que después de que esa legislación de estímulo cumpliera un ciclo apreciable y ante los cambios que se verificaban en el mundo, los industriales se vieron compelidos a emplear nuevas estrategias para poder participar eficazmente en los mercados en cuanto a precios y calidad frente a competidores de otras naciones.
Aquellos que no entendieron los nuevos imperativos y que siguen aferrados a caducos esquemas, están condenados a desaparecer porque los incentivos son complementos que no pueden sustituir elementos medulares.
La posición oficial es que deben revisarse todas, absolutamente todas las exenciones para determinar cuáles se justifican. Esto no quiere decir que todos sean eliminados, pues tendría el efecto contraproducente de las medidas radicales.
Aclaradas las posiciones en cuanto al alcance de la revisión propuesta por Bengoa y la precisión de los empresarios sobre el destino de los incentivos, vale que se mantenga lo positivo y se elimine la parte negativa de este régimen, sin que predomine ni el fiscalismo ni el desarrollismo o proteccionismo per se.
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