Los hechos posteriores a la euforia que vislumbraba un triunfo final de la democracia frente a los golpistas de Honduras han demostrado el virtual fracaso de las negociaciones y alejado la posibilidad de que Manuel Zelaya sea restaurado en la Presidencia para reencauzar a esa nación por senderos institucionales.
Desde el mismo día en que se anunció el pretendido convenio se podían advertir dudas y la persistencia de escollos, en vista de que en ciertas esferas del poder de facto se afirmó de inmediato que, como ente soberano, el Congreso podría aprobar o desestimar la reinstalación del derrocado gobernante.
Las ideas esbozadas sobre la conformación de un gobierno de unidad y reconciliación nacional, integrado por representantes de los diversos partidos políticos y organizaciones sociales, pero que excluye a Zelaya, son una clara demostración de que los golpistas nunca contemplaron seriamente abandonar el poder.
Al Congreso, que fue parte esencial del golpe de Estado, pues de ese órgano salió el presidente golpista Roberto Micheletti, responsable de las muertes y la represión a que ha estado sometido el pueblo hondureño durante más de cuatro meses, paradójicamente le habían puesto en sus manos la suerte de un presidente constitucional.
Sin embargo, será necesario aguardar el epílogo de este penoso espectáculo de un pueblo pisoteado en su voluntad popular, ya que la crisis de la hermana nación centroamericana habrá que visualizarla, y también valorarla, dentro del campo de lo posible, no dentro de lo deseable en términos auténticamente democráticos.
Es de esperar que aun haya alguna posibilidad concreta de encontrar una salida digna e incruenta que garantice paz, libertad y la restauración del estado de derecho.
Si los golpistas logran salirse con la suya y dirigir un proceso electoral que no merecerá ningún crédito ni reconocimiento, en el hemisferio se habrá sentado un precedente funesto y los perjuicios se sentirán más allá de las fronteras hondureñas.
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