Mientras el mundo contemplaba como Chile se encumbraba con una operación de rescate con ribetes históricos, un puñado de dominicanos se encargaba de regresar a su país un sentimiento perdido que para muchos jamás llegaría.
Por fin podemos decir que hay que respetarnos en pelota.
El orgullo está de regreso en la República Dominicana luego de un largo, pero extenso período sumidos entre papelazos y un traje a la medida del hazmerreír de la zona. Mina de talento, claro, por supuesto, cero dudas, pero pobres ejecutores en el terreno, donde otros se alzaban con la gloria.
Esa victoria sobre Cuba va más allá de un mero resultado en un diamante. Supera las líneas de cal. Es un motivo para ahogarnos en felicidad por un buen tiempo, porque las penas han sido incontables.
Estamos de regreso en el mapa beisbolero. Vencimos dos murallas en los partidos finales para obtener los derechos de “blasonar” hasta nuevo aviso.
En 1982, la República Dominicana venció a Cuba en su tierra para obtener la presea dorada en una dolorosa derrota para los dueños de casa. Relatan testigos de la hazaña que el propio Fidel Castro, al no triunfar en el béisbol de sus amores, sintió que perdió los Juegos Centroamericanos y del Caribe.
Hay que felicitar a Héctor –Tito- Pereyra, presidente de la Federación Dominicana de Béisbol, y a su cuerpo técnico, encabezado por Denio González. Más que misión cumplida, han brindado al país una joya de colección.
Los elogios se extienden a los soldados que vencieron en Puerto Rico. Tony Batista, Alberto Castillo, Lorenzo Barceló, Bernie Castro y Ricardo Nanita, entre muchos que merecen un desfile triunfal en su nombre.
No puedo cerrar sin colocar en una parcela aparte a un dominicano que en 2006 se fajó con el equipo cubano que nos eliminó en el Clásico Mundial. Bartolo Colón es digno de halago especial.
Bartolo ya puede olvidarse del trago amargo de 2006. Nosotros también. Para qué pensar también en 2009 si quedaban patriotas prestos para el rescate del respeto perdido. Por muchos días tendré motivos para despertar insuflado de felicidad.
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