Los seres humanos solemos creernos grandes, fuertes, poderosos, sabios, inteligentes, superdotados, valientes y hasta inmortales. ¡La verdad es que somos osados, por no decir soberbios! Si a penas somos un granito de arena y Dios la playa completa; una gota de agua y Dios todos los océanos juntos; un minúsculo rayo de luz y Dios las constelaciones; un soplo y Dios todo el viento; una nota y Dios la sinfonía. Somos inteligentes.
Sin embargo, ante Dios somos tan pequeños que sin Él somos como nada. Nos engrandecemos cuando nos entregamos a los brazos del Señor, cuando decidimos derrumbar nuestras barreras de soberbia para asumir la cultura de amor y fe que nos enseñó Jesús.
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