“No seas como un león en tu casa, maltratando a tus servidores, humillando a tus inferiores”. Eclesiástico 4, 30.
Pienso en la señora que me ayuda a cuidar de mis hijos mientras trabajo. En la casa, veo su paciencia ante la intranquilidad de los niños y como se siente cuando le hace un bonito peinado a la pequeña.
Veo su expresión de agrado cuando su comida es elogiada. ¿Cómo no reconocer que deja a sus hijos en manos de otra persona para ayudarme con los míos? ¿Cómo no entender su cansancio, su necesidad de sentarse a “tomar un fresquito”?
Hay tantas palabras ofensivas con las que escucho a personas nominar a sus empleadas domésticas, sin pruebas de su falta de honestidad, palabras hirientes, poco afecto y menor agradecimiento hacia estas mujeres. ¿Cómo llamarnos cristianos si no vemos también a Dios en ellas?
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