Un buen amigo no tiene precio, es como un tesoro que debes cuidar, valorar, preservar. Los amigos, incluso los mejores, no son perfectos, como no lo eres tú y como no lo soy yo. Su valor va más allá de los pequeños defectos, su verdadera valía está en su corazón, en su integridad, en su sinceridad, en su acompañamiento.
La buena amistad no se audita, pero se pesa; un ejercicio que te ayuda a valorarlo: ¿Qué pesa más, los defectos o las bondades? Un buen amigo no puede ser nocivo (no puede “enviciarte”), si lo fuera dejaría de ser verdadero y por tanto no sería un amigo, sino una amenaza. “El que teme al Señor -dice Eclesiástico- encamina bien su amistad, porque como es él, así también será su amigo”.
Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla
Comentarios (0)