No cabe la menor duda: todo está en la Biblia. La Palabra de Dios es de sabiduría, es eterna, es certera, toca cualquier punto de la vida humana y espiritual, nos ayuda a ser mejores, nos dice qué, quién, cómo, cuándo y dónde, nos guía.
A veces queremos, pedimos, nos quejamos, murmuramos y hasta tenemos la osadía de sugerir a otro u otros, de exigirles que hagan, aporten, den tal cosa, sin haber aportado antes nosotros aunque sea una milésima de lo que pedimos.
“Hagamos” y ese hagamos es como si fuera “hagan”, porque se lo dejamos a otros; “demos”, y en nuestro corazón y práctica lo que decimos es “den”. Es el tema de la paja y la viga. Tratemos de hacer nuestro lo que nos enseña la Palabra.
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