Dios me guarda de todo mal, de toda asechanza del enemigo. Dios me advierte sobre mis pensamientos, hasta los más profundos, los trae a mi entendimiento y me alerta incluso sobre mí misma.
Mi guardián, mi socorro, mi roca firme, hace lo imposible para que no resbale con los obstáculos que pone el enemigo, pero hace lo imposible también para que no me enrede con mis propios pies, con mi torpeza humana.
No duerme, no se distrae, no toma siesta, no reposa, no se vuelve hacia atrás ni se hace el desentendido. De Él viene mi socorro, de Él mi auxilio y Él me sostiene de su mano.
La promesa está ahí: “El Señor te protegerá de todo mal y cuidará tu vida. Él te protegerá en la partida y el regreso, ahora y para siempre”. Amén.
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