“Hijo mío, socorre a tu padre en su vejez y no le causes tristeza mientras viva. Aunque pierda su lucidez, sé indulgente con él; no lo desprecies, tú que estás en pleno vigor”. Eclesiástico 3. 12. 13.
¿Recuerdas todo aquello? Tu padre trabajó duro para que tuvieras la mayor comodidad; poca o mucha, la mayor que él te pudiera dar. Te cargó en sus brazos y se maravilló de ver cómo su vida se prolongaba en ti. Te acurrucó en sus brazos para calmar tu llanto. Te llevó a la escuela y te enseñó a defenderte. Se sintió orgulloso con tu primer trabajo.
No tenía paz mientras estabas en tus salidas nocturnas. Hoy, cuando ve a tus hijos, literalmente “no sirve para nada”, pues se desvive por ellos y los ama con locura. ¿Cómo no honrarlo, amarlo, cuidarlo, entenderlo, ser paciente, acompañarlo, llevarlo de paseo, asegurarte de que esté bien?
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