“Si te condujeres humanamente con este pueblo, y les agradares, y les hablares buenas palabras, ellos te servirán siempre”. 2 Cr. 10. 7.
Un gobernante se debe a su pueblo. Las expectativas de los gobernados siempre son vastas: acceso a educación, salud, buena alimentación, vivienda digna; estabilidad económica, seguridad ciudadana. Cuando el pueblo de Israel se acercó al hijo y sucesor del rey Salomón, le pidió “que aligerase su pesado yugo”. Roboam, el heredero, consultó a sus consejeros, que le sugirieron conducirse “humanamente”, pero él no hizo caso y su reinado fue de constante conflicto. Y es que el gobernante debe considerar a su pueblo, incluso, debe saber escuchar la voz de Dios para que no le pase como a Roboam, que “hizo lo malo, porque no dispuso su corazón para buscar al Señor”.
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