Probablemente María tenía más o menos cincuenta años cuando Jesús murió en la cruz, clavado frente a sus ojos. Ella vivió su pasión y el dolor profundo de una muerte cruel, y se mantuvo a su lado en todo momento sabiendo que el sacrificio de su hijo y el propio sería un nuevo parto: El de la libertad, la salvación.
Vio a su hijo lavar nuestros pecados con su sangre. ¿No es María entonces un ser excepcional? ¿No es digna de veneración y respeto? Es la madre de Dios, no es una María cualquiera. Para nosotras las mujeres, María debe ser un modelo de fe, de amor y entrega.
Cuidemos de no caer en la injusticia de quitarle su lugar.
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