Dios se derrama sobre sus hijos cada día, en cualquier momento. Él habita nuestros corazones a través del Espíritu Santo, ese “río de agua viva” que nos sacia de amor, de fe, de plenitud, de paz. A esto se refería Jesús, a nada más.
En este tiempo, conocer la Palabra de Dios, leer en la Biblia el proceso de padecimiento de nuestro Salvador, el amor infinito de Dios expresado y revelado a través de su hijo, nos renueva la fe y revive la esperanza en la buena nueva de la vida eterna.
Meditar en su palabra, reflexionar, abre nuevos canales para que corra por cada parte de nuestro ser ese río, ese manantial de agua viva.
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