“Entonces, ¿con qué derecho juzgas a tu hermano? ¿Por qué lo desprecias? Todos, en efecto, tendremos que comparecer ante el tribunal de Dios”. Rom. 14. 10
Con frecuencia somos ligeros para juzgar a alguien, incluso, para condenarlo por lo que hizo, por lo que hace y hasta por lo que hará o haría. Cuando alguien falla en aquello que es nuestra fortaleza, lo “crucificamos vivo”, como se diría en buen dominicano.
Nos olvidamos de que si bien tenemos fortalezas también tenemos debilidades y muchas; que si gozamos de ciertas cualidades, también tenemos defectos y muchos, quizás más que la “víctima” que tenemos en la mira; incluso, tal vez la pequeña paja en el ojo de aquel es nada frente al gran trozo de madera que tenemos en el nuestro.
No seamos implacables, pues en algún momento nosotros tendremos que pedir piedad.
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