He escuchado a muchas personas decir –y me ha pasado a mí misma- lo mal que se sienten y la profunda tristeza que les abate luego de haber tenido un arrebato de ira, de haber insultado al de su mayor confianza.
La ira es el resultado de un impulso aparentemente incontrolable; nos cegamos y ensordecemos, y “pagamos” nuestro enojo con la persona que está más cerca, y lo que es peor, con la que nos ama verdaderamente.
¿Es eso justo? La violencia daña el alma y va creando raíces de amargura que pueden ser muy difíciles de arrancar. Ese “es-que-soy-así”, nunca será una excusa para hacer un esfuerzo por ser mejor. Les puedo asegurar algo: la oración ayuda… ¡y mucho!
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