¿Han escuchado aquella graciosa frase que dice: “nadie es una monedita de oro para gustarle a todo el mundo”? Generalmente este dicho se usa como un modo altanero de defensa cuando no se cuenta con el aprecio, el favor o la aceptación de otra persona. Pero la verdad es que no somos moneditas de oro para gustarle a los y las demás.
Es tan cierto esto, que hay quienes nos pueden llegar a aborrecer y hasta odiar. ¿Qué hacemos con esos y esas que se consideran nuestros enemigos? Sentir pena por ellos y ellas, no reciprocar tan vil sentimiento; sentir lástima por esas almas que se auto-torturan y, algo que puede sorprender a muchos, bendecirlos, bendecirlas, como dice la Palabra. Si hacemos lo contrario, terminaremos siendo como ellos y como ellas.
Comentarios (0)