Un gobernante se debe a su pueblo. Las expectativas de los gobernados siempre son vastas: acceso a la educación, a la salud, a una buena alimentación, a una vivienda digna; estabilidad económica, políticas ambientales, seguridad ciudadana... Cuando el pueblo de Israel se acercó al hijo y sucesor del rey Salomón, le pidió “que aligerase su “pesado yugo”. Roboam, el heredero, consultó a sus consejeros, quienes le sugirieron conducirse “humanamente”, pero él no hizo caso y su reinado fue de constante conflicto.
Y es que el gobernante debe considerar a su pueblo, incluso, debe saber escuchar la voz de Dios, a fin de que no le pase como a Roboam, que “hizo lo malo, porque no dispuso su corazón para buscar al Señor”.
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