Hay, definitivamente, una incongruencia cuando nos sentamos en un asiento de la Iglesia a orar y alabar a Dios, y luego salimos a maldecir al primer desaprensivo que se nos cruzó por el frente en la calle y casi hace colisionar nuestro vehículo.
Hay algo que no encaja, aunque nuestro sentimiento hacia Dios sea sincero.
Tampoco guarda ninguna relación con nuestro cristianismo, el hacernos partícipes de conversaciones que dañan al que no está presente. Y la venganza, en modo alguno puede sentarse a la mesa con la fe. Errar es de humanos, pero Dios, pesa los corazones.
Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla
Comentarios (1)