La conversión no se da de la noche a la mañana, no es un cambio súbito con un “sí” al Señor.
Es un proceso transformador de nuestra forma de pensar, de amar y de actuar, en respuesta a una aceptación de fe en Dios, en Jesús como nuestro salvador.
Es un proceso de “rescate” de nosotras y nosotros mismos, en el que somos puestos a prueba por un mundo de adversidades y de “seudo-conquistas”.
Al conocer la Verdad, esa que es Cristo (“yo soy el camino, la verdad y la vida”), nos surge la necesidad de invitar a quienes nos rodean, para que formen parte de este camino de conversión con el que renacemos.
Una bendición que no nos debemos perder.
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