Nunca es tarde para el arrepentimiento. Reconocer nuestros errores, admitir que hemos obrado mal y mostrar una necesidad de cambiar es un acto que nos engrandece, reivindicándonos ante nosotros mismos, ante la sociedad y ante Dios.
No importa que en principio las demás personas no nos crean o duden de nuestro cambio, más adelante nuestro testimonio servirá para transformar también otras vidas. Nada más hay que dar el primer paso para iniciar esa nueva carrera hacia ese nuevo ser humano que merecemos ser.
Y cuando la seducción de las tentaciones nos llame, recordemos que ninguna tentación viene de Dios, sino de aquel que vino para llevarnos a la destrucción.
Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla
Comentarios (0)