No hay nada de extraordinario en hacer lo fácil. El mérito está en superar las miserias humanas, nuestras propias miserias; está en quitarnos la viga del ojo y hacer lo que es debido como es debido.
Solemos optar por ser pobres de espíritu: “Si no me saluda, no la saludo ¿qué es lo que se cree?... ¿en qué priva?”… “nunca olvidaré lo que hizo, no se merece ni una mirada mía”… Perdemos la perspectiva de la misericordia, o más simple, de la cortesía, sólo porque la otra persona es de otro partido, de otra religión, tiene concepciones diferentes a las mías, tiene un rango laboral o educativo inferior… No nos dejemos arropar por miserias anodinas que detienen nuestro crecimiento.
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