El día a día nos arropa y hasta nos dejamos absorber por esa dinámica. Nos ha pasado a todos o a muchos.
Nuestro concepto de responsabilidad nos hace adictos a las labores necesarias: Levantarnos antes del alba, preparar el desayuno, la merienda (en el caso de las personas con hijos), llegar temprano al trabajo, trabajar, trabajar… llegar a la casa cuando el sol ya se ha puesto, aprovechar la noche para ponernos al día y organizar, dormir. Podemos sacar tiempo para “botar el golpe” los fines de semana… ¿Y Dios? ¿Qué hemos hecho con Él durante todo este tiempo? Su lugar ha de ser el primero y luego lo demás. Porque todo pasa, mas Él y nuestros activos espirituales, no pasarán.
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