Comencemos a aflojar, empecemos a entender que debemos descansar en el Señor. Nos preocupamos porque lo que tristemente ocurrió en otro lugar o a otra persona, podría pasarnos en nuestro espacio o a nosotros.
Lo que no es no existe, no está ocurriendo, por tanto es real y no debemos angustiarnos por ello.
Tomemos el abrazo del amparo, la cobertura del manto divino, pero sobre todo la bandera de la fe, asiéndonos de la mano de nuestro Dios y confiando en su palabra y en su cuidado. De Dios viene nuestra esperanza, dejemos el temor a un lado y fortalezcámonos en Él.
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