A final de cuenta todos somos iguales. Todos estamos hechos de la misma materia; todos tenemos un cuerpo que nació y que tendrá fin; todos tenemos las mismas necesidades físicas.
Las limitaciones naturales no surgieron para unos o para otros, son para todos o para cualquiera.
¿Acaso no somos todos seres humanos? Dominicano, estadounidense, haitiano, colombiano, español, etíope, chino, puertorriqueño, zimbabuense o mexicano, todos tenemos cabeza, tronco y extremidades con sus respectivos órganos y funciones, y más importante, todos tenemos alma.
Cuando decimos “sí” a Jesús, todos tenemos la misma capacidad para vestirnos del vínculo perfecto, que es el amor.
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