Dios restaura. Él cura nuestras heridas físicas y las llagas del alma.
El Señor sigue haciendo milagros. Sus maravillas no quedaron simplemente impresas en las páginas de la historia y en los folios de la fe; hoy día hace milagros y prodigios, pues su voluntad es eterna y su misericordia infinita.
Él sigue sanando enfermos, personas con diagnósticos fatales, moribundos; pues Él es grande y su poder se manifiesta cuando lo invocamos con fe, cuando damos un paso por fe, sin titubear.
Él y su poder son tan reales como que usted lee esto en estos precisos momentos.
Pidámosle con fe que ponga sus manos sanadoras sobre nuestras heridas, y Él hará, porque “se complace el Señor en los que le temen, en los que esperan en su amor” (Sal. 147.11).
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