Lo que parece inmortalizar al ser humano puede ser incluso perecedero: la obra prolífera de un artista famoso tendrá su fin cuando ya no estemos; el nombre perpetuado en la historia humana por las grandes proezas de la figura que honrosamente lo llevó, dejará de ser repetido cuando ya no estemos.
Lo verdaderamente inmortal es lo que nos llevamos a la vida celestial eterna.
Lo verdaderamente inmortal es lo que ha quedado grabado en nuestro espíritu.
Quien cree que alcanzará o alcanzó la gloria por sus hitos terrenales, encontrará minúscula tanta notoriedad, cuando comprenda que la única y verdadera gloria, que viene de Dios, nunca tendrá fin.
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