Jesús conocía la historia que inició con su nacimiento.
Sabía cómo, cuándo y dónde moriría.
Sabía que su existencia era una misión: La salvación de la humanidad, la salvación de tu alma y de la mía.
Conocedor de lo que iba a ocurrir, dejó todo listo, encomiendas y predijo lo que habría de ocurrir, e incluso, como un padre o como un hermano mayor, dio paz y esperanza a sus discípulos: “No los dejaré huérfanos; vendré por ustedes…El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él”.
Estas son palabras vivas, imperecederas, lo mismo para sus discípulos que para nosotros.
Nuestra esperanza está en Jesús.
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