Jesús nos une en amor y en lazos fraternales, no sólo con nuestros consanguíneos, también con nuestras amistades y la comunidad en sentido general.
El amor y la aceptación de Jesús como nuestro Dios y salvador une a las personas, las hace hermanas, las bendice en un común denominador: La Fe.
Lo que hemos recibido de ese conocimiento de Dios, no debemos dejarlo estancado en la particularidad de cada cual; lo ideal y lo natural es compartirlo y gozarlo, multiplicarlo y reciclarlo en testimonios que sirven siempre a las y los demás.
El Salmo133 termina diciendo, a partir de esa celebración de la vida renovada en comunidad, que “allí envía Dios bendición”, ¡Amén!
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