No hay manera de que sean compatible la entrega al deleite de los placeres materiales y la vida en Cristo, ese proceso de conversión en el que se asume la existencia física como el inicio de un camino hacia la eternidad celestial.
Si nos inclinamos a vivir poniendo nuestros ojos en los logros materiales e intelectuales, necesariamente se produce un desbalance respecto de la espiritualidad. No se trata de que nos volvamos monjes en claustro, no.
De lo que se trata es de entender que lo material, lo carnal y lo intelectual no tienen valor verdadero si no revestimos cada uno de estos elementos con el abono espiritual que es el poner a Dios como centro de nuestra vida.
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