De lo que se trata es de saber que todo lo que poseemos no perdurará, que cuando muramos no nos llevaremos el carro que compramos con tanta ansia que nos olvidamos de lo esencial, que no nos llevaremos la fama, ni el alto cargo que desempeñamos, que ni la fortuna.
En cambio comprender que el ser espiritual que somos, la riqueza de nuestra alma, es lo que permanecerá con nosotros después de esta vida, y que ese intangible será lo que nos hará merecedores del galardón de Cristo.
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