A Juan Pablo Duarte lo admiro porque enseñó a ser optimista. No vaciló a la hora de asumir riesgos y, sobre todo, por su confianza en lo dominicano. Con orgullo enarbolaba que se pronunció dominicano cuando esa palabra estaba proscrita.
El sacrificio por la Patria lo calificó como un honor. Cuando éramos una aldea colonia de España, Duarte decidió crear un proyecto político que tendría como fin la proclamación de República Dominicana. Escuchó voces desalentadoras, pero siguió adelante con el arrojo de los trinitarios. Por la confianza que lo estimulaba, fundó el 16 de julio de 1838, con un grupo de jóvenes amigos La Trinitaria, la entidad política que hizo posible la unidad de todos los dominicanos y dominicanas que apoyaron el proyecto patriótico.
El criterio duartiano contrasta con los y las que aún en el siglo XXI, se niegan a aceptar la calidad de los que tuvimos el privilegio de nacer en esta tierra. En los primeros días de enero de 1990, el psiquiatra maestro de la medicina dominicana, Antonio Zaglul, me expresó que es desagradable escuchar en campos y ciudades a la gente que acepta la opinión de que “Nada ni nadie de lo que nace y crece en este pedazo de isla, sirve o creemos que no sirve. El trópico nos hace haraganes.
El tanino del plátano nos embrutece manchando nuestras circunvoluciones cerebrales. Nuestra vista solo alcanza la altura de un cocotero y pensamos en un dulce de piñonate”. Me contó que uno de sus profesores decía en el aula que “si Newton hubiese sido dominicano, en vez de descubrir la ley de la gravedad al ver caer la manzana del árbol, se hubiese comido la fruta y no hubiese descubierto nada”.
De esa manera tomó cuerpo la conducta de infravalorar lo dominicano. “…El dominicano no cree en lo dominicano”. El doctor Zaglul pensaba que ese comportamiento colectivo de inferioridad existe porque “los hijos lo aprenden de los padres, de los maestros, de los historiadores, y también de nuestros propios gobernantes”. Ahora ese criterio se repite con sofismas a través de medios de comunicación. Algunos comunicadores, dominicanos y extranjeros, sienten como una carga la condición de dominicano. Esto contrasta con la previsión de pedir la nacionalidad dominicana tan pronto llegan a nuestra tierra.
Despotrican, pero no se van ni renuncian a la nacionalidad dominicana. Dicen lo contrario, pero saben que República Dominicana es un país encantador lleno de personas talentosas y hospitalarias. Por eso no piden una sociedad con menos desigualdades, pero ya conocen las propiedades del plátano dominicano.
Héctor Tineo es periodista y abogado
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