Hace unos meses recibí la llamada de una amiga, la cual solo pudo pronunciar mi nombre, y, en línea, la escuchaba llorando. Le pregunto: “¿Qué pasa?”, pero no pudo hablar. Al ver la imposibilidad de la comunicación entre ambas y un poco preocupada, le digo: “Te vuelvo a marcar”. Cuando la llamo, después de haber pasado dos o tres minutos, la escucho llorando, pero más calmada, y le digo: “Dime”, solo clamó: “Se fue mi viejo”. ella venía de Santiago, de trabajar, gracias a Dios manejaba otra persona; en apoyo, con lo único que puede dar en este momento, fue: “Cuenta conmigo”.
Le hice par de llamadas hasta contactar que ella llegara a la ciudad para apoyarla durante el trayecto. Me preparé y, acompañada de uno de mis hijos, la seguí a San Juan de la Maguana, ciudad en la cual vivía su padre. Hace apenas dos días, al esposo de una amiga, él, de origen francés, le llaman desde Francia y le dicen que su madre acababa de fallecer de un infarto. Impactado y desesperado, me llama para darme la triste noticia. El solo me dijo: “Ven, por favor”.
En momentos de dolor y de alegrías necesitamos compartir esas emociones con personas a las cuales consideramos amigos. Aunque se dice que la amistad se ha perdido, si los cosechas, independientemente de todo, los tendrás. Cuídalos y valóralos.
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