Suena el teléfono y, al levantarlo, escucho una voz desgarrada de dolor que me dice: “Ha muerto mi viejo”. El mismo llevaba un tiempo muy enfermo, por lo que muchas veces se piensa que este proceso permite que la persona se prepare para verle partir. Esto revive en mí el momento cuando viví la misma experiencia.
No importa la circunstancia a través de la cual una persona haya tenido que vivir la experiencia de perder definitivamente la persona del padre; ésta, sin importar edad (del padre), deja un vacío; sobre todo, cuestionamientos de si hemos sido o no verdaderos hijos.
Es propicia la ocasión, ya que el último domingo del próximo mes de julio en nuestro país se celebra el Día del Padre, para reconocer el papel que ellos desempeñan en nuestras vidas. Entre las cosas buenas que tenemos y que se han logrado incorporar a las familias es una mayor integración de estos en actividades como: llevar los niños al médico, cuidar de ellos cuando sale mamá, entre otras cosas.
La figura paterna desempeña un papel definitivo en la vida de un individuo. Tanto es así, que las reglas impuestas por él, aun cuando no está, mamá suele decir: “Tú sabes que eso a tu papá no le gusta”, “tu papá no está aquí, tengo que consultarlo con él”, “espera que tu papá llegue”. Y, aún después de no existir físicamente, en nuestras vidas permanece viva su imagen.
Todos aquellos que tienen la oportunidad de tenerlo presente, aprovéchenla para darle todo aquello que muchas veces ellos no piden, como: un abrazo, un te quiero, una expresión como: “Tú si me has enseñado”, “Te agradezco...”, entre otras. Recuerda que culturalmente se enseña que “los hombres no lloran”. Pero papá, no solo llora, también necesita que tú le recuerdes que le amas.
La autora es psicóloga
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