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Relleno

Jueves 17 de Marzo de 2011 Grecia de León
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6:00 a.m; suena el reloj despertador con lo que se anuncia el inicio de la faena del día; Mary tiene que vestirse, tomarse un vaso de leche o nada (no hay tiempo), salir corriendo para el colegio, donde permanece hasta la 1:00 de la tarde; la recogen (con prisa, ya que mamá o papá deben regresar al trabajo) para llevarla a la casa, tragar un almuerzo rápido, ponerse otra ropa (sin bañarse a veces) y dejarla en clase de piano (o cualquier otra actividad).

Luego, con un taxi contratado, la recogen para dejarla en la clase de inglés, donde permanece hasta la hora de salida de uno de los padres que la busca para volver de nuevo a casa, pero antes es necesario comprar algo en el supermercado para la cena, con esto evitan tener que salir otra vez.

Ya son más o menos las 7:00 p.m. cuando nuevamente vuelve a casa, pero tiene pendiente las tareas del colegio que incluye un trabajo que hay que salir a imprimir; pero hay que cenar, descansar y compartir con los demás miembros de la familia. Resulta que para esto último ya no hay tiempo ni fuerzas, por tanto es hora de dormir y hay que acostarse.

Me imagino que leyendo estas líneas terminarán agotados, pero he querido describir un día cualquiera de una jovencita de apenas 14 años, la cual, su madre, con las mejores intenciones, pretende prepararla para un buen futuro. Sé que son muchos los padres que se van a identificar con este ejemplo, ya que esto se ha convertido en el modo de vida de muchas familias nuestras.

Trato de hacer énfasis en este tipo de situación, no solo por lo normal que es hoy en día, sino por las consecuencias psicológicas y físicas que produce en la familia y especialmente en la joven del ejemplo. Estoy segura, que como esto se ha vuelto tan cotidiano, son pocos los padres que se han detenido a evaluar hasta dónde ese deseo de relleno o preparación está trayendo como consecuencia serios problemas conductuales, específicamente altos niveles de estrés emocional y, por ende, trastornos de tipo orgánico.

A veces veo jóvenes que apenas les quedan los dedos, porque las uñas las han eliminado al máximo. Otros, con un mechón de cabello en sus manos de manera permanente, como si con ello quisieran parar el tren de su vida.

Y tus hijos, ¿están montados en este tren?
Grecia De León es psicóloga

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Última actualización el Miércoles 16 de Marzo de 2011
 

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