“Rico no es quien más tiene, sino el que menos necesita”. Esta es una frase que hemos escuchado desde hace mucho tiempo. Parecería como si al aplicarla a nuestras vidas fuésemos individuos conformistas, sin metas ni ambiciones. Pero a diferencia de esto, creo que si hay algo que le pone sabor a la vida, es precisamente tener un norte hacia el cual nos dirigimos.
El mejor ejemplo de llegar a una meta lo podemos ver en los individuos que dedican sus vidas a algún deporte. Por ejemplo: En este momento, nuestro nadador, Marcos Díaz, tiene su más grande desafío para llegar a su meta. Cualquier deportista tiene que mantener una disciplina, someterse a ella con reglas inviolables, que conllevarán grandes sacrificios.
Pero vivimos en un sistema donde nos bombardean día a día una serie de mensajes que se registran en nuestros cerebros convirtiendo lo trivial y muchas veces lo que ni siquiera conocíamos, en una “necesidad”.
Esta última palabra se repite con gran frecuencia tanto entre adultos como en niños. Son muchos los que manejan grandes situaciones de estrés, que va mermando su salud física y emocional, ocasionado por tener en su mente el término “necesito”. Existen necesidades básicas, como: una vivienda adecuada, comida, salud, educación.
Sin embargo, dentro de estas mismas consideradas “básicas” provocamos en nuestro interior un torbellino, precisamente porque necesito más.
Quiero establecer un listado que he elaborado partiendo de mis propias experiencias con personas que me rodean, que afanan, se endeudan, generan situaciones dentro de su familia precisamente por tener “necesidad” de cosas, como: -Cambiar de carro (pero el que tiene está en óptimas condiciones), y hace lo imposible por buscar un financiamiento y endeudarse.
-Un plasma. Pero esa persona tiene tres televisores.
–Una nevera (la que tiene, apenas no le gusta el color).
–Hacer un viaje a Europa, para lo que hace un financiamiento, y rellena la tarjeta de crédito. –Un vestido nuevo para una boda, mientras tiene diez para eso que apenas se ha puesto, total, que el evento no dura más de dos o tres horas. ¿Qué les parece, son estas realmente necesidades?
Grecia De León es psicóloga
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