La intensa y costosa campaña por la reelección, por demás extemporánea, es un típico ejemplo de mala comunicación, porque promueve incongruencias presidenciales, dado que el señor Fernández ha asumido públicamente posiciones contradictorias sobre el tema, habiendo dicho en su momento que no pretendería un nuevo período por considerarlo perjudicial para el país por las serias tensiones que generaría. De manera que promoverla, con su evidente consentimiento sin duda alguna, es mostrar su inconsistencia y la debilidad de sus palabras. La oferta del continuismo presidencial demuestra también que una buena comunicación necesariamente no surge ni se la mide en función de su volumen. La saturación puede tener un efecto contrario al que se persigue. Lo que vale e importa es la calidad, como en cualquiera otra actividad humana. Por lo regular el cúmulo excesivo de información impide una buena recepción de los mensajes. Otro error es la proyección de la figura del mandatario como un ser superior que en realidad no es. El presidente es sin objeción alguna un político de mucho talento, pero no es Dios, ni representa el destino, ni ninguno de esos otros dislates que se asocian a su personalidad, con exhibiciones de servilismo denigrantes y la colocación de alfombras rojas bajo sus pies, cosa ridícula en estos tiempos. El presidente está en la obligación ante el país de denunciar y poner coto a esos aprestos porque promueven una violación de la Carta Magna y el criterio que se tiene de él y de su formación política y académica es la de un civilista, respetuoso de las instituciones y del orden constitucional. Además, para su buen nombre es una ofensa todas esas pequeñeces del servilismo nacional que ha comenzado a atribuirle dignidades que no posee ni por derecho ni herencia, como si en vez de una democracia representativa viviéramos bajo una monarquía.
Miguel Guerrero es escritor y periodista
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