A través de los siglos el hombre ha tratado de negar o por lo menos ignorar la existencia de un Dios supremo.
Debido a esta inclinación humana, el rey David escribe en el libro de los Salmos, mil años antes de Cristo: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios”.
Es posible que los denominados ateos tan solo intenten silenciar la voz de su conciencia, puesto que si el hombre, un ser natural, finito, imperfecto y efímero existe, es lógico que Dios, el ser sobrenatural infinito, perfecto y eterno, también exista.
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