Mi madre decía que si llorando fuera a resolver sus problemas se “rajaría a dar gritos desde que amaneciera”.
Quizá por su convicción pocas veces la ví llorar y sí muchas aferrada a sus oraciones y cánticos cristianos. Buscaba en la fe la esperanza y alegría que su realidad de mujer pobre y sola con cinco hijos le negaba. Tenía absoluta razón.
Aunque es cierto que si no tuviéramos en la vida motivos para la lágrima no tuviéramos vida en realidad, mejor minimizar la queja diaria.
Insistir en las propias posibilidades, olvidar lo que no puedes hacer y junto a quienes te quieren bien enfocarte en tus mejores capacidades, es la elección obligada para sobrevivir.
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