Siempre mucho más gordita de lo que manda la buena salud, la obesidad no te impedía bajar y subir las escaleras con la agilidad propia de tu especie.
Más arisca y escurridiza de lo preferible, huías rauda a esconderte al advertir presencia en casa de quienquiera no te fuera familiar. No has sido precisamente mimosa ni dulzona, ni propensa al arrullo; tímida y hosca, más bien.
Tu desamorada “personalidad” nos motivaba quejas. Ahora han cambiado tus reacciones. Sin fuerzas para moverte, estás apacible, desganada y accesible.
Pero ojalá recuperar la felina indócil que fueras. Kitty, mi gata de 15 años, se apaga poco a poco a causa de un tumor de mamas.
Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla
Comentarios (0)