Nuestros funcionarios característicamente acostumbran discursear hasta sobre la mínima ejecutoria, como parte de nuestra cultura y folclor políticos. Aquí se cree en “poner el huevo y cacarearlo”.
Algunos se entusiasman de más y destacan su buen desempeño incurriendo en personalizaciones cursis: Que si vengo de una familia impoluta; que si me criaron para ser serio; que si estoy en la función pública por patriotismo; etc.
¡Y a quién le importa! El dicho “dime de lo que pregonas y te diré de lo que careces” parece no existir para estas personas. Quien comunica un trabajo público positivo y lo personaliza hasta la auto- adulación, distrae del tema. Transmite inseguridad y causa mal efecto, en retroalimentación.
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