Cuando las cosas no van bien, conviene pretender que sí, anímicamente hablando. Decirlo se plantea más fácil que aplicarlo, pero es premisa básica para evitar que dificultades circunstanciales nos arruinen permanentemente.
El estrés, el pesimismo, la desesperanza, dañan física y mentalmente en términos insospechados.
Yo procuro sobre todo tener presente el carácter temporal de los momentos de revés. Si el fracaso toca, es sano no atribuirnos culpas desproporcionadas.
Las fallas impactan menos emocionalmente si se las interioriza como ocasionadas por causas ajenas a nosotros o nuestras capacidades.
Apoyarnos en familia, iglesia, amigos, nos ayudará a acopiar fortaleza personal así que no incurramos en errores que agraven o alarguen el tiempo crítico.
Comentarios (0)