Verso de una canción popular: “Para decir adiós, sólo tengo que decirlo”. No tan simple en realidad. Nos devastan las despedidas mayores, como pérdidas de seres queridos.
También amores que terminan, amistades rotas. Más, menos, todos conocemos del pesar, cerrada una fuente de afectividad.
Forzar la continuidad de relaciones muertas es enfermizo. Para “hacer buenos los finales”, resultan eficaces sugerencias de la autora Martha Beck.
Básicamente, no luchar contra la pena o el enojo. Paralelamente, mantener la fe de que algo bueno habrá de llegar a nuestras vidas. Enfocarse en las fuentes de felicidad que se tienen, no en la pérdida. Anotar lo positivo tras un adiós, por seguro todos lo dejan, cien por ciento.
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