Apegados a las posesiones materiales, nos atemoriza desprendernos. La realidad es que muchas veces en hacerlo reside la posibilidad de recibir experiencias nuevas sorprendentemente positivas.
Me aleccioné tras vender el que por años había sido mi querido hermoso juego de habitación. Cuando se lo llevaron sentí frustración y pena.
Pasados los días las ventajas de no tenerlo eran contundentes: más desahogado espacio, mejor organización, más facilidad para limpiar. “Si hubiera sabido que iba a ser así, hasta lo hubiera regalado feliz”, me dije.
Descubrí que no necesitaba aquel ni otro similar mobiliario. La práctica simpleza que empecé a disfrutar en mi cuarto era superiormente mejor.
Inesperadamente, un cambio previsto como indeseado me resultó de maravilla.
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