Desde que reaccioné ante su malestar y preocupación por un error cometido diciéndole “lo más fácil es equivocarse”, mi hija adolescente se conduce más tranquila y segura en sus tareas.
El perfeccionismo es valorable, correcto motivar a nuestros hijos a perseguir altos estándares, más en un medio como el nuestro, donde campean catastróficamente el dejar hacer, dejar pasar.
Pero cuidado. Obstinados en el perfeccionismo tememos irracionalmente cometer errores y, al fallar, nos agobian sentimientos de culpa; la necesidad de ser los mejores en todo provocará constantes crisis.
Se castra el aprendizaje que mana de equivocarse, hasta la creatividad se afecta, ésta implica cometer errores.
Que los “menudos” se equivoquen, por su bien.
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